La fortaleza del ser humano es caprichosa y débil, ¿qué incoherencia verdad?
A medida que recorremos el sinuoso camino de la vida, nos vamos armando, nos adiestramos, para poder superar más y más obstáculos. Las batallas pasadas y los enemigos conocidos nos dotan de mayor capacidad de destreza, de mejores estrategias para sobrevivir y, sin embargo, en tan sólo unos segundos, esa fuerza, esa audacia defensiva adquirida, de repente y sin posibilidad de evitarlo, se derrumba ante nuestra atónita mirada.
La luz fría del fluorescente daba al habitáculo un aspecto inhóspito, gélido, casi de un lugar futurista en el que el ser humano parecía estar fuera de su contexto natural.
Todas las paredes de la pequeña habitación estaban formadas por frío cristal transparente, la probabilidad de intimidad no existía y lo inundaba todo la sensación de que aquel momento era tan sólo parte de una especie de cruel experimento en el que la pérdida cobaya, era yo y el miedo crecía y crecía a cada instante.
Los muebles de una madera aparentemente barata, lacada en un blanco impoluto, los papeles ordenados en montones de tres en tres, un sencillo sofá de cuero sintético gris agrietado e incómodo y dos taburetes de acero brillante, conformaban el resto de la sala.
¡Una cobaya sin noria para distraerse!- llegué a pensar en un momento dado-.
Las paredes alicatadas de azulejos de lo más habituales, con tan sólo un calendario de paisajes de aquel país que ahora me acogía pero que, de ninguna manera, era el mío, un almanaque simple, abierto por el mes de abril, este mes que siempre traía a mi memoria recuerdos, nostalgia, momentos de reflexión... Abril nunca fue un mes cualquiera pero en esta ocasión estaba ganándose un puesto histórico, casi de récord, en mi biografía; ese sencillo calendario era la única nota de color de toda aquella habitación.
Esa mañana encaraba el día con entereza, iba a ser un día terriblemente duro, pero estaba preparada -o al menos eso pensaba -. Entre un cansancio extremo, una anemia ya conocida, la migraña que se había instalado en mi vida esos días y ciertos mareos inoportunos que me daban un aura de "dama melancólica y solitaria”, un aire de debilidad, de dependencia, "de damisela en apuros" que tanto aborrecía, eran las armas que me acompañaban. Entre todo aquel arsenal de armamento que apuntaba en mi contra, ese día amanecí con fuerza para afrontar cualquier batalla: "es inconcebible la capacidad de autoengaño y autocomplacencia que podemos llegar a alcanzar los seres humanos".
La única comunicación con el mundo exterior se conseguía a través de un gran ventanal que daba a una plaza cubierta de baldosas grises, tan grises como las nubes que esa mañana cubrían el cielo. Una plaza repleta de coches aparcados sin orden, como formando un caos, un cuadro abstracto de múltiples colores con trazados sin solución de continuidad.
Los viandantes paseaban a toda prisa ajenos por la plaza sin pararse, como si en aquel lugar no hubiese nada para detenerse y contemplar, tan sólo una anciana con un vestido rojo chillón paseaba a una niña con una gran coleta que corría espantando palomas. Era casi como un ritual, todas las mañanas la anciana al llegar al centro de la plaza soltaba la mano de la pizpireta niña y ésta correteaba tras las asustadas aves.
El bullicio de aquella ciudad me asfixiaba, todo era de extremos, o demasiado lento o se aceleraba en segundos hasta llegar a crear una sensación de vértigo en la que la certeza quedaba fuera de lo cotidiano.
Una blusa azul de raso y unos vaqueros cubrían mi cuerpo, una piel en la que el miedo podía notarse, ocultaban la incertidumbre, la espera, convirtiéndome en una mujer aparentemente decidida, independiente y fuerte, justo la imagen que quería proyectar, justo la imagen que siempre había proyectado, para bien o para mal.
Una sencilla taza de café, colocada en el extremo de un mostrador blanco y aburrido, llamó mi atención: "provoca, se atreve a alterar el orden impuesto” , una taza de estridentes colores rompía la sobria frialdad del lugar, "esa taza está fuera de lugar…" -pensé para mí-"… como yo, yo estoy fuera de lugar"…
Inmediatamente mi pensamiento se centró en lo fácil que puede llegar a ser "vaciar" a un ser humano, da igual su sexo, su edad, su inteligencia, su formación, da igual todo… basta con"desarraigarle", sólo con esto se encontrará desprotegido, tan sólo así estará completamente desarmado.
Así me sentía "desarraigada de todo", sin raíces que me afianzaran, sin tronco en el que apoyarme, sin capacidad de florecer y, mucho menos, de dar frutos.
En una tierra que no era la mía, sin personas a mi alrededor que fueran "mi gente", sin mi propia ropa -algo que, cuando estamos en nuestra zona de confort, puede llegar a aparecer frívolo pero no lo es en absoluto -cuando en un país desconocido, tu maleta, con las cosas que te son conocidas, que te arropan, desaparece sin más, esa ropa deja de ser tan sólo tela y pasas a darte cuenta de que parte de tu personalidad, de tu seguridad, de ti, se va tras ella…
Basta con aislar a una persona para volverla totalmente vulnerable.
La fuerza para afrontar ese día crucial, un día que llevaba esperando semanas y que, honestamente, sabía, con toda seguridad, que saldría bien, que, a pesar del miedo inevitable, la ansiedad anticipatoria, el sentido común, el razonamiento lógico y las estadísticas y estudios empíricos que tanto peso tienen en mí, se inclinaban a que "todo iba a salir bien". Quizá de ahí esa fuerza con la que me enfrentaba al “día X” o, ¿por qué no?, voy a permitirme llamarlo por su nombre, para mí, el “día R”.
Imbuida en el papeleo de las historias clínicas, en los tratamientos, en la charla que, en unas horas, debía dar, parecía pasarse el tiempo lento, muy lento, llevaba tan sólo un mes y me parecía haber perdido allí media vida, pensé que la forma de ser de aquellas personas, en aquel lugar del mundo, había conseguido contagiar al propio Dios Cronos, que había decidido transcurrir sin prisas.
La puerta, lacada en blanco, se abrió aunque no levanté la cabeza de las hojas, sabía que nunca, desde que llevaba allí, había nada por lo que sorprenderse.
Una canción comenzó a sonar en todo el habitáculo y resonó en mi… mi cerebro se anticipaba a la letra, me vi arrastrada a cantarla en silencio, la conocía tan de memoria, me dolía tanto a cada nota que me resultaba inevitable no seguirla.
Desarraigada de todo lo mío, incomunicada y frágil, aquella era la primera vez en toda mi vida en que"la música había resultado ser mi enemiga". Siempre recurrí a ella, a cualquier tipo de temas musicales para cargarme de energía, para aliviarme, la música siempre fue mi aliada y ese día, en ese instante, entendí que "un amigo puede ser el peor de los enemigos, el único que puede saber cómo destrozarte en tan sólo una nota, una estrofa…"
En un momento dado, me di cuenta de que ya no podía seguir, de que las palabras de aquella canción, se habían transformado en lágrimas, que, sin permiso, rodaban por mis mejillas.
La inhóspita habitación se hizo enorme y yo, diminuta e insignificante, había regresado a un pasado demasiado cercano, demasiado temido, contra el que no podía, ni sabía, luchar, esa canción me había recordado que quizá ese no era mi lugar, él no era mi refugio, o que simplemente, estuviese donde estuviese: "era yo quien permanecía fuera de lugar, no podía pertenecer a nada, a nadie…"… una simple nota musical, pudo conmigo y es que "todos llevamos dentro ese ángel negro… y todos volvemos a caer". Llorando pensé que debíamos permitirnos tener miedo y decidí gritarlo: "hoy tengo demasiado miedo".
Ésa canción me destruyó durante horas, al igual que ya lo había hecho en el pasado, pudo con todo, esa canción me despojó de pronto de mi preciado equilibrio.
“Mi ángel negro” volvía a decirme la insignificancia de mi ser, el papel secundario que siempre me tocó en esta vida y al que nunca supe ni renunciar ni interpretar a la altura.
“Mi ángel negro” volvió a mostrarme que no existe un futuro, ni un pasado y que, ni siquiera, vivimos en un presente, somos presas de un "tiempo continuo" en el que, en cualquier momento todo vuelve a suceder y, como decía esa canción "… vuelves a caer", es cierto, es cíclico, continuo e inevitable: "… volvemos a caer".
Sentada en el suelo recordando una a una las palabras de ese tema me encontré vacía, insegura, terriblemente frágil y decepcionada.
A mi herido corazón le ametrallaban con ideas como que mis labios sonreían y hablaban porque antes otros callaron, mis manos acariciaban lo que otras manos me cedieron con “interesada indiferencia” , mi vida, hoy, se completaba con lo que otra vida decidió tirar, decidió no querer…
Con una pasmosa crueldad martilleaban mi alma con la odiada etiqueta de “segundo plato”, de “conformista de las sobras”, “de elegida por descarte”…
La inseguridad es lo único que un ser humano puede sentir en un momento así, la sensación de que toda su vida gira y depende de la decisión de otra persona. El miedo se apodera de todo, no hay cabida para la rabia, para el enfado, para el reproche, porque todo eso ya era conocido antes, mucho antes de seguir adelante.
No hay culpables, sólo miedo, sólo la humildad que invita a colocarte la medalla que ante el rebaño mereces, la medalla de plata, deseando que no llegue el día en el que en el pódium luzca triunfal y brillante la medalla de oro, a la que, en cierta forma, envidias pero le estás agradecida porque todo lo que ahora tienes se debe a que ella decidió no aceptarlo… no importa lo triste que suene, sólo importa lo que de efímero puede llegar a tener la situación, apostándolo todo al "no caprichoso” de una medalla de oro y perdiéndolo ante un posible cambio de decisión al que todo el mundo tenemos derecho.
El agradecimiento por la renuncia del ganador, el miedo, la sensación de inferioridad, no me permitían respirar. En ese ambiente frío en el que no encontraba refugio alguno, no quise rendirme.
"Las mujeres como yo no estamos hechas para rendirnos y mucho menos en territorio hostil, no aquí ni ahora…"
No tenía recursos –o eso pensaba -pero, sin embargo, y tras horas de lucha interna, la peor de las batallas que puede librar un ser humano, me di cuenta de que tenía lo más importante, lo único importante: mi confianza y mi amor incondicional. Ellos me hicieron rememorar las palabras que una persona, a la que querré siempre, me dijo una vez: "según la leyenda, si miras a los ojos de un demonio y dices en alto su nombre, el demonio pierde sus poderes".
"Mi ángel negro, esa canción y el pasado tiene los días contados”, pensé.
Me levanté erguida, volví a meter ese CD y di al PLAY, escuché letra a letra, nota a nota esa amarga canción y ni una sola lágrima osó brotar, ya no había abismo al que asomarme. Tenía los ojos a los que mirar, el nombre que pronunciar y las fuerzas para bailar ese tema sobre una tumba que nunca debí permitir abrir… y es que, en el continuo de esta vida "todo es cuestión de actitud”
“TODO LO QUE SIENTO POR TI, SÓLO PUEDO DECIRTELO ASÍ…”
Hoy he vencido un poco a “mi ángel negro”. Todos tenemos el nuestro y a todos nos arden los ojos en días de “Tormentas de Arena” en que no podemos ver, sólo hay que confiar, parar y esperar, porque todas las tormentas terminan pasando.
¿Os apetece combatir vuestro “ángel negro”?
"Dicen que los dioses nos han hecho a su imagen y semejanza, no lo sé, de lo que tengo certeza es de que nosotros creamos los demonios a la nuestra y los dotamos de tanta fuerza como debilidades padecemos. El peor demonio está en el ser humano y hasta el mas cruel de ellos debería temer al alma humana" (Minuet 20/04/2013)







